LA BÚSQUEDA DE LA VERDAD HISTÓRICA A 60 AÑOS DE LA MUERTE DE TRUJILLO

Por Francisco Reyes Guzmán

El Horizonte, Santo Domingo RD.- La República Dominicana fue ideada sobre uno de los principios fundamentales de la humanidad, y del Cristianismo en particular, que consiste en la búsqueda y la práctica de la VERDAD.

No es accidental que por voluntad expresa del fundador de nuestra nacionalidad, Juan Pablo Duarte, fue colocada la Biblia en el escudo de nuestra bandera tricolor, abierta en el Evangelio de Juan (8, 32) en el cual el Gran Maestro expresa: “Conocerán la Verdad y la Verdad los hará libres”.

La Filosofía, en general, tiene como objetivo esa aspiración máxima de buscar siempre la Verdad, porque en ella se basa la adquisición de todo conocimiento, que no acepta como válida ninguna forma de la mentira, para que aprendamos a obrar con Justicia.

Llevado este postulado al plano de la Historia Nacional, es justo reconocer lo que dijo un escritor y político dominicano moderno: “La Verdad tiene que resplandecer aún en el fondo de una caverna”.

Todo esto viene al caso del régimen de 31 años -y sus consecuencias posteriores- encabezado por Rafael Leónidas Trujillo Molina, quien gobernó en el país desde 1930 hasta 1961.

Nadie puede negar que la presencia de Trujillo, “personaje enigmático y controversial”, como lo designa uno de sus biógrafos, Hans Paul Weise Delgado, en su libro “TRUJILLO AMADO POR MUCHOS, ODIADO POR OTROS, TEMIDO POR TODOS”, ocupa más de un tercio de la política del Siglo XX en el país, escindiendo la Historia Dominicana en un “Antes” y un “Después” de la “Era de Trujillo”.

Tampoco se puede negar que la caída de su régimen, tras su asesinato el 30 de mayo de 1961, profundizó la división de la sociedad dominicana entre “trujillistas” y “antitrujillistas”.

Durante la Era de Trujillo se cometieron excesos que no debieron ocurrir. Acciones inaceptables en la práctica de la Filosofía Política Moderna para el establecimiento de la democracia y la paz.

Muchas de esas muertes y desapariciones no han sido esclarecidas, y el pueblo dominicano está en el pleno derecho de conocer quiénes las ejecutaron, porque no es cierto que todas fueron obra exclusiva de la mente de Trujillo.

Hubo dentro del régimen personeros militares, funcionarios civiles y adversarios al dictador que cometieron crímenes por venganzas personales o de otra índole para achacárselos a Trujillo.

De acuerdo con Weise Delgado, el propio Trujillo la confesó lo siguiente, como se extrae de la página 311 de su obra citada: “A mí me han atribuido muchos muertos… con los que yo
no he tenido nada que ver. Muchas, pero muchas veces…, hombres de mi confianza como Federico Fiallo, como Fausto Caamaño, como Ludovino Fernández, como José Estrella
y muchos otros… se tomaron atribuciones indebidamente. Han eliminado a mucha gente y todos esos muertos se me han pegado a mí”.

Trujillistas asesinos como los hermanos Segundo y Antonio Imbert Barrera, no solo aterrorizaron en Puerto Plata, sino que también tenían un cementerio clandestino para desaparecer a sus víctimas haciendo creer que habían sido obra siniestra de Trujillo, además de participar en varias tramas para eliminarlo.

Los antitrujillistas empezaron a tejer fábulas y leyendas calumniosas mezcladas con algunas verdades para tergiversar la historia, con el fin de satanizarlo y presentarlo como el hombre más brutal del país, lo cual no es del todo cierto. Los trujillistas también las fabricaban para desviar sus responsabilidades.

El régimen de Trujillo -per se- tuvo luces y sombras. Quizás más luces que sombras, si lo comparamos con todos los crímenes que se han cometido en el país desde 1996, que pueden ser catalogados como asesinatos bajo la sombra del poder aliado al narcotráfico, como obra del sicariato o de la delincuencia callejera, cuyos autores “se desconocen”.

La diferencia está en que no hay forma de probar que muchos fueron planificados desde el gobierno y desde el aparataje de las instituciones castrenses y policial, etiquetados a veces como enfrentamientos con agentes del orden público o confrontaciones armadas, venganza o sicariato entre pandillas rivales.

Las recientes declaraciones de Sonia Valenzuela sobre los autores del asesinato de las hermanas Mirabal, en el que son sindicados, incluso por la CIA, los connotados ex trujillistas Antonio Imbert Barrera y Luis Amiama Tió (ambos ya fallecidos), han venido a desempolvar hechos cometidos hace más de 75 años.

Pero también han venido a despertar la conciencia del pueblo, que exige el esclarecimiento de la VERDAD HISTÓRICA sobre la Era de Trujillo e inmediatamente después de la caída de su régimen, como la famosa “Operación Limpieza” ordenada por el general Antonio Imbert Barrera; las muertes y desapariciones durante el gobierno de Joaquín Balaguer; y los más de 400 asesinatos a manos de los cuerpos de seguridad durante la poblada en el gobierno de Salvador Jorge Blanco, amén de ejecutorias atribuidas al crimen organizado y el narcotráfico.

No podemos permitir que la sociedad continúe dividida, porque el desencuentro ha retrasado el proyecto de nación ideado por Duarte, en que debe prevalecer la Verdad, para que la Verdad nos haga libres.

En un estudio del Instituto Goethe de Dinamarca, titulado “La Memoria Histórica de España: Necesidad de Recordar”, sus autores
señalan que “La reparación de la memoria histórica juega un papel importante para la reconciliación real de una sociedad. Un país no puede ser normal si no conoce, con nombres y apellidos, todas y cada una de las víctimas” dentro de sus etapas históricas vividas.

A lo que añadimos que tampoco puede ser normal si no se conocen los nombres y apellidos de sus verdaderos autores, a veces falsamente señalados, y si no se analizan las historias que se han escrito sobre esos crímenes, para ver hasta dónde el investigador ha sido fiel a la VERDAD HISTÓRICA.

La búsqueda de esa Verdad es lo que nos permitirá liberarnos de odios y rencores para construir una sociedad más civilizada, con la reconciliación de los bandos antagónicos, como ha hecho España, sobre la base del diálogo y el debate, no de la competencia para saber quién tiene la verdad.

“El estudio de la Memoria Histórica constituye una obligación ineludible que necesariamente hay que abordar, como corresponde en cualquier sociedad civilizada”, precisa el historiador y político español Josep Benet.

Mientras trujillistas y antitrujillistas no depongan sus actitudes de animadversión, mientras no se despojen de odios y resentimientos en la mesa del diálogo para esclarecer la VERDAD HISTÓRICA, en vez de estar a la ofensiva y contraofensiva, el país seguirá siendo víctima de los políticos oportunistas que pescan en aguas revueltas para continuar desfalcando el Estado.

Es hora ya de iniciar el diálogo hacia la búsqueda de la VERDAD HISTÓRICA para alcanzar la RECONCILIACIÓN NACIONAL, enfocados en el Proyecto de Nación de los Padres de la Patria. #Fin.

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