Opinion

Del silencio a la denuncia: la otra cara de la violencia contra la mujer en República Dominicana

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Hay mujeres en República Dominicana que no están viviendo una separación. Están intentando escapar.

Por Luisana Lora Perelló

El Horizonte, Santo Domingo RD.- Escapar de llamadas constantes, de persecuciones, amenazas, vigilancia, insultos, agresiones y de ese miedo permanente que obliga a muchas a cambiar rutinas, cerrar redes sociales, abandonar hogares o mudarse varias veces intentando desaparecer de la vida de alguien que se niega a dejarlas en paz.

Mientras el país continúa estremecido por los feminicidios registrados en las últimas semanas, otro fenómeno comienza a hacerse visible con más fuerza: mujeres que están utilizando las redes sociales y los medios de comunicación para denunciar públicamente el infierno que viven antes de convertirse en una tragedia.

Y eso también dice mucho sobre el momento social que atraviesa el país.

Hace apenas unos días circuló el video de una mujer siendo agredida físicamente por su expareja en medio de una discusión. En otro caso, una joven denunció públicamente que había presentado cuatro querellas contra su expareja y que incluso se había visto obligada a mudarse en cuatro ocasiones para intentar protegerse del constante acoso y las amenazas.

Detrás de cada publicación de este tipo hay algo más profundo que un simple conflicto de pareja. Hay miedo. Desesperación. Y, muchas veces, una sensación de que las víctimas necesitan dejar constancia pública de lo que están viviendo antes de que sea demasiado tarde.

Porque el feminicidio no comienza el día del asesinato. Comienza mucho antes.

Comienza cuando una mujer siente temor de caminar sola. Cuando cambia su número de teléfono constantemente. Cuando deja de frecuentar lugares por miedo a encontrarse con su agresor. Cuando normaliza conductas obsesivas que durante años la sociedad confundió con “amor intenso”, “celos” o “apego”.

Y ahí está una de las raíces más peligrosas del problema.

Durante décadas, muchas conductas violentas fueron minimizadas culturalmente. La insistencia enfermiza se romantizó. El control se disfrazó de protección. Los celos excesivos se interpretaron como muestras de amor. Mientras tanto, miles de mujeres aprendieron a convivir con señales de violencia que hoy siguen escalando hasta consecuencias fatales.

Por eso el debate no puede limitarse únicamente a contar feminicidios cada vez que ocurre una tragedia. El país necesita mirar el proceso completo: el acoso previo, las amenazas ignoradas, las denuncias acumuladas y el desgaste psicológico que viven las víctimas antes de llegar al extremo.

Las recientes declaraciones de la ministra de Interior y Policía, Faride Raful, y de la vicepresidenta Raquel Peña, reconociendo fallas en el sistema de protección, reflejan una realidad que durante mucho tiempo muchas mujeres denunciaron en silencio: no basta con poner una querella si la víctima continúa sintiéndose sola y vulnerable.

Y esa es quizás la parte más alarmante.

Hay mujeres con órdenes de alejamiento viviendo aterrorizadas. Mujeres que denuncian varias veces y aun así sienten que deben esconderse. Mujeres que continúan viendo a sus agresores actuar con absoluta libertad mientras ellas reorganizan sus vidas alrededor del miedo.

El sistema necesita actuar antes de la tragedia, no solamente reaccionar después de ella.

Eso implica fortalecer los mecanismos de seguimiento, dar respuestas más rápidas, evaluar los niveles de riesgo con mayor seriedad y garantizar protección efectiva para quienes denuncian. Pero también implica acompañamiento psicológico, educación emocional y una transformación cultural que deje de justificar comportamientos violentos bajo argumentos románticos o machistas.

Sin embargo, dentro de esta realidad dolorosa también hay una señal importante: las mujeres están hablando más.

La indignación colectiva que han provocado los feminicidios recientes parece estar impulsando a muchas víctimas a perderle el miedo al silencio. Hoy más mujeres están utilizando las plataformas digitales, los medios y las denuncias públicas para alertar sobre situaciones de violencia que antes permanecían ocultas dentro de cuatro paredes.

Y aunque las redes sociales no sustituyen el trabajo institucional, sí se han convertido en una herramienta de presión y visibilidad en una sociedad donde muchas víctimas sienten que solo siendo escuchadas públicamente logran generar respuestas.

El reto ahora es que esas voces no tengan que viralizarse para recibir atención.

Porque ninguna mujer debería sentir que necesita grabar un video, publicar una denuncia o advertir públicamente que teme por su vida para que el sistema actúe.

La violencia contra la mujer dejó hace tiempo de ser un asunto privado. Es una crisis social que está dejando heridas profundas en familias enteras y exponiendo las debilidades de un sistema que todavía llega tarde demasiadas veces.

Y quizá la pregunta más incómoda ya no es cuántos feminicidios más deberán ocurrir.

La verdadera pregunta es cuántas denuncias, cuántas alertas y cuántos gritos de auxilio necesita todavía el país para entender que el peligro comienza mucho antes de la muerte.

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